Lectura bíblica: Filipenses 2:3–4
«Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien en humildad, estimándoos inferiores los unos a los otros: No mirando cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también a lo de los otros» (Filipenses 2:3–4, Reina-Valera 1909).
A veces estamos tan pendientes de lo que necesitamos que dejamos de prestar atención a quienes están a nuestro lado. Tenemos preocupaciones, planes y asuntos que resolver. Todo eso puede ser importante. Pero en medio de nuestras ocupaciones también hay personas que esperan ser tomadas en cuenta. Alguien cuya opinión apenas escuchamos. Alguien cuyo esfuerzo damos por sentado. Una necesidad que hemos visto, pero que seguimos dejando para después.
Pablo escribe a los creyentes acerca de la unidad, del amor y de una misma disposición para convivir. Nos pide que abandonemos la rivalidad y el deseo de recibir admiración. De enfocarnos solamente en nosotros mismos. También nos llama a mirar con humildad a los demás y considerar sus intereses y necesidades.
Más adelante presenta el ejemplo de Cristo, quien se humilló y tomó forma de siervo. Así nos ayuda a comprender qué clase de actitud necesita dirigir nuestras relaciones con otros.
A veces queremos que nuestra opinión sea la que prevalezca. Nos cuesta reconocer que otra persona hizo algo bien. Podemos colaborar en una tarea y molestarnos porque nadie mencionó nuestro nombre. Muchas cosas que solo me enfocan a mí.
¿Podemos alegrarnos por el bien que hacemos, aunque el reconocimiento lo reciba otra persona?
La humildad nos permite reconocer el valor del otro y aprender de él. Podemos descubrir que alguien tiene una idea mejor, que necesita una oportunidad para participar o que lleva una carga que nosotros apenas conocemos.
Considerar sus intereses requiere detenernos a preguntar. ¿Cómo le afecta esta decisión? ¿Estamos distribuyendo las responsabilidades con justicia? ¿Hemos supuesto que siempre estará disponible para atender lo que necesitamos? ¿Qué puedo hacer para alegrar su día?
Son preguntas que pueden ayudarnos en casa, en el trabajo y también en la iglesia. Nuestra fe alcanza la manera en que compartimos una responsabilidad, recibimos una sugerencia y damos lugar a los demás.
Hoy podemos empezar con algo pequeño. Podemos preguntar antes de decidir por otros. Reconocer una ayuda. Compartir una tarea que otra persona ha estado llevando sola. Escuchar una propuesta sin descartarla porque viene de alguien con menos experiencia.
Podemos pedirle a Dios que nos ayude a reconocer nuestro orgullo y a aprender de la disposición de Cristo para servir.
Tenemos necesidades que atender. Quienes nos rodean también las tienen. Prestemos atención a sus vidas y permitamos que el amor de Dios guíe nuestras decisiones.
Hay lugar para los demás. Hagámoslo visible en nuestra manera de tratarlos.