Lectura bíblica: Santiago 1:19–20
«Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardío para hablar, tardío para airarse: Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios» (Santiago 1:19–20, Reina-Valera 1909).
A veces respondemos antes de haber entendido lo que hemos escuchado. Oímos una frase, sentimos que nos están cuestionando y ya estamos preparando nuestra defensa. La conversación continúa, pero nuestra atención está puesta en lo que queremos decir. Entonces podemos terminar lastimando a alguien sin siquiera haber comprendido lo que intentaba decirnos.
Santiago nos invita a detenernos. Ser prontos para oír, tardar en hablar y también demorar para airarnos. Son instrucciones sencillas de leer, pero requieren una decisión real cuando estamos molestos.
En este capítulo, el apóstol también nos llama a recibir la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Esa disposición a escuchar comienza con Dios y puede expresarse en la manera en que tratamos a quienes tenemos cerca. Nuestra fe alcanza nuestras conversaciones. También aquello que decimos cuando perdemos la paciencia.
¿Qué pasaría si antes de responder intentáramos comprender? Tal vez descubriríamos que detrás de una queja hay cansancio. Que una pregunta en realidad lo que busca es orientación. Que la otra persona necesita ser escuchada antes de recibir un consejo.
No siempre estaremos de acuerdo. Podemos expresar un desacuerdo, corregir un error o señalar algo injusto. Pero necesitamos pensar en cómo lo hacemos y qué estamos buscando con nuestras palabras.
Santiago nos recuerda que nuestra ira no produce la justicia de Dios. Estar muy molestos no garantiza que tengamos razón. Tampoco nos da permiso para humillar, insultar o imponer lo que pensamos.
Necesitamos la opinión de Dios incluso cuando estamos convencidos de nuestra posición.
Hoy podemos empezar con algo simple: dejar que alguien termine de hablar. Preguntar antes de suponer. Esperar un momento antes de enviar un mensaje escrito con enojo. Y si ya dijimos algo que hirió, reconocerlo y pedir perdón.
Son decisiones pequeñas que pueden cambiar una conversación y abrir espacio para comprendernos mejor. Decisiones que también pueden transformar una relación.
Podemos pedirle a Dios que nos ayude a escuchar con atención y a hablar con responsabilidad. Que su Palabra oriente nuestras respuestas, especialmente cuando nos cuesta mantener la calma.
Hay palabras que necesitan decirse. Démosles el tiempo, el respeto y la intención que merecen.
Escuchemos primero. Respondamos buscando hacer el bien.