Lectura bíblica: Romanos 12:15
«Gozaos con los que se gozan: llorad con los que lloran» (Romanos 12:15, Reina-Valera 1909).
A veces no sabemos qué decir cuando alguien está pasando por una dificultad. Nos preocupa encontrar las palabras correctas. Queremos ofrecer una explicación, dar un consejo o decir algo que ayude a resolver lo que ocurre. Y como no encontramos una respuesta, podemos terminar alejándonos justo cuando esa persona necesita compañía.
Pablo nos invita a compartir la alegría y el dolor de otros. En este capítulo habla de un amor sincero, del afecto entre hermanos y de atender las necesidades de los demás. En ese contexto, alegrarnos con quien se alegra y llorar con quien llora forma parte de una fe que se expresa en nuestras relaciones porque la verdadera fe abarca toda la vida.
Para acompañar necesitamos prestar atención. Mirar más allá de nuestras propias preocupaciones y reconocer que la persona que tenemos cerca puede estar viviendo algo que todavía no conocemos.
Tal vez alguien necesita hablar de una pérdida. Otra persona está esperando una respuesta difícil. También puede haber quien desea compartir una buena noticia y espera que nos alegremos con ella.
¿Tenemos espacio para lo que los demás están viviendo?
Alegrarnos con otros también requiere humildad. A veces sus logros nos recuerdan aquello que nosotros todavía esperamos. Podemos sentir que nos estamos quedando atrás. Sin embargo, la alegría de otra persona merece ser recibida con cariño. Podemos agradecer a Dios por el bien que llega a su vida.
Llorar con quien llora nos pide cercanía y también sensibilidad hacia su dolor. Podemos escuchar con paciencia. Permitir que alguien exprese su dolor sin exigirle que se sienta mejor de inmediato. Comprender que hay momentos en los que nuestras explicaciones pueden esperar.
Estar presentes tiene más valor del que muchas veces consideramos. Una llamada. Una visita. Ayudar con una tarea que se ha vuelto difícil. Preguntar con sinceridad cómo está alguien y dedicar tiempo a escuchar su respuesta.
Hoy podemos pensar en una persona a la que hemos dejado de llamar. En alguien cuya alegría apenas atendimos. En una necesidad que conocemos y ante la cual podemos hacer algo concreto.
Pidámosle a Dios que nos ayude a amar con atención y a responder con compasión.
No siempre tendremos una solución para ofrecer. Pero podemos acercarnos, escuchar y acompañar.
Compartamos la alegría. Hagamos espacio para el dolor. Que nuestra manera de estar presentes para otros exprese el amor que estamos aprendiendo de Dios.